Biografía

Alberto Santos Dumont nació en Brasil en 1873, y pronto se convirtió en inventor e ingeniero. Desde pequeño, le gustaba tumbarse en el campo para observar las nubes y las aves. Pero como era un gran lector de Julio Verne, no sólo se limitaba a tratar de identificar la figura de un conejo o una oveja en las nubes, sino que soñaba con alcanzarlas algún día con sus propias manos.

Así que empezó a aprender los secretos de la ingeniería simplemente fijándose en el funcionamiento de las máquinas de coser de su madre, como quien desmonta una radio para averiguar cuál es su secreto.

Tras un viaje a París con su padre, en 1891, donde pudo observar por primera vez un motor a gasolina, se le encendió una bombilla en la cabeza. ¿Por qué no unir los engranajes y la transmisión por poleas de las máquinas de coser con un motor de gasolina a fin de acoplarlos a un globo? Hasta entonces, los globos se limitaban a flotar pero no podían pilotarse.

Su padre, consciente del potencial de su hijo, le cedió parte de su fortuna y la emancipación, aconsejándole que empezara a estudiar ingeniería en Francia. El resto de la gente, sin embargo, pensaba que Santos Dumont estaba loco: en aquella época, los globos eran de hidrógeno, altamente explosivos, y no era muy inteligente poner cerca un motor de explosión. A no ser que pretendieras suicidarte.

Pero Santos Dumont consiguió aislar perfectamente el motor del resto del aparato, y París se acostumbró a verle a menudo volar por sus cielos, como un inventor chiflado, adelantado a su tiempo. Un hombre pequeño (152 cm. de estatura y menos de 45 kg. de peso) que, sin embargo, paseaba a diario por encima de las cabezas de sus semejantes.

El inventor del primer avión autoimpulsado

¿QUÉ HIZO?

La primera vez que Dumont tocó las nubes fue con 25 años de edad. Lo hizo a bordo de un globo del constructor de globos Machuron. A partir de entonces, se dedicó exclusivamente a construir sus propios globos. Al primero lo llamó Número 1, para que quedara claro que iba a construir muchas más versiones mejoradas.

El Número 1 tenía forma alargada, como si fuera un cigarrillo volador. Se hinchaba con hidrógeno y era impulsado con un motor de gasolina como el que había visto en su primer viaje a Francia. Era el 20 de septiembre de 1898 (unos días antes ya había intentado volar con él, pero no lo consideró un vuelo de verdad: básicamente, porque a poco de despegar se estrelló contra unos árboles).

Entonces, Dumont decidió participar en una carrera, una de esas carreras como las que aparecen en Los autos locos, pero desarrollada exclusivamente por el cielo. La carrera consistía en ser el más rápido en partir del parque Saint Cloud, rodear la torre Eiffel y regresar al mismo punto de partida. El máximo tiempo permitido para tal hazaña se estipulaba en 30 minutos. El 19 de octubre de 1901, Dumont ganó la carrera con su dirigible Número 6, alcanzando un tiempo de 29 minutos y 30 segundos. Se embolsó así un premio de 100,000 francos patrocinado por el magnate del petróleo Henry Deutsch.

Con el dinero ganado, Dumont continuó fabricando nuevos modelos mejorados de su dirigible. El Número 7, específico para carreras. (El Número 8 nunca existió porque Dumont era supersticioso con ese número). El Número 10, con capacidad para 12 pasajeros. El Número 11, que era bimotor y además tenía alas. El Número 12, que se parecía a un helicóptero. En 1906 construyó el Número 14, que le serviría para realizar sus primeros intentos de vuelo con su primer avión, el 14-bis, que despegaba acoplado al Número 14.

Así, pues, Dumont se convirtió en el primer hombre en despegar a bordo de un avión impulsado por un motor aeronáutico. Volar no voló mucho: apenas 60 metros de distancia a una altura de 2 a 3 metros, no mucho más alto que un jugador de la NBA. Y, además, según los testigos, el aparato hacía un ruido “espantoso”. Un mes después, sin embargo, Dumont ya alcanzó los 220 metros de distancia a una altura de 6 metros. Convirtiéndose así en el padre de la aviación moderna. No parece un vuelo demasiado espectacular, pero imagínese las condiciones del aparato: el 14-bis estaba hecho de pino y bambú, y estaba cubierto de seda japonesa. Su motor, un Antoinette V-8, apenas podía alcanzar los 30 kilómetros por hora.

 

HERMANOS WRIGHT VS. SANTOS DUMONT.

Que suene la campana. En un primer asalto, los hermanos Wright llevarían ventaja, pues son popularmente los más conocidos cuando nos imaginamos los inicios de la aviación. Pero en el segundo asalto, contra todo pronóstico, Santos Dumont resultaría ser el verdadero vencedor por K.O. técnico.

Esto se debe a que los hermanos Wright, en efecto, fueron los primeros en alzar el vuelo (1903). Pero para conseguirlo, requerían de la ayuda de una catapulta, y su aparato en realidad era un planeador a motor y no un avión. Así, pues, no volaban totalmente. Si es que consideramos que volar no consiste en que te lancen en volantas por los aires. Los hermanos Wright no volaron realmente sin ninguna ayuda externa hasta 1909, es decir 3 años después de que Santos Dumont ya hubiera realizado su primer vuelo autoimpulsado delante de muchos testigos y periodistas parisinos.

Lo que sucede es que Santos Dumont era también un pionero del movimiento contra el copyright y jamás registraba sus patentes para que éstas quedaran para el dominio público, a fin de que otras personas pudieran mejorar sus inventos con total libertad. Así, pues, vencedor indiscutible: Santos Dumont, por ser el primero y también por ser el más honesto y humilde.

 

CURIOSIDADES.

Gracias a ese niño aficionado a las novelas de Julio Verne que soñaba con surcar el cielo, la aeronáutica se desarrolló tal y como lo ha hecho, y el hombre ya no sólo ha podido volar hasta los confines del mundo, sino que en sólo 70 años tuvo la oportunidad de viajar hasta la Luna. No en vano, la Unión Astronómica Internacional ha rendido homenaje a Dumont al bautizar uno de los cráteres lunares con su nombre. ¿Alguna vez lo hubiera imaginado aquel lector de De la Tierra a la Luna?

Santos Dumont escribió en una ocasión, a propósito de la conquista del cielo, que lugares como Inglaterra ya dejarían de ser islas: “Esta transformación de la geografía es una victoria de la navegación aérea sobre la navegación marítima. Un día (…) el avión atravesará el Atlántico.” De hecho, Santos Dumont creía que algún día los aviones serían como automóviles aéreos y que cada persona los usaría individualmente, como en la serie The Jetsons o en la película Back to the Future II. Pero los inventos pueden usarse también para el mal, como pronto descubriría.

Dumont era pacifista. Así que no le sentó nada bien que durante la Primera Guerra Mundial su invento se usara para la destrucción. Por esa razón, en 1926 apeló ante la Sociedad de Naciones para evitar el uso bélico de los aviones.

Enfermo de esclerosis múltiple y deprimido por la destrucción que estaba causando su invento más importante, Santos Dumont se refugió en la ciudad brasileña de Petrópolis, donde construyó una casa llamada La Encantada. La casa parecía provenir del futuro, o parecía en efecto que estaba “encantada”, pues estaba equipada con toda clase de inventos que él había proyectado: por ejemplo una ducha de agua caliente que funcionaba a alcohol. Actualmente, La Encantada es un museo.

 

EL RELOJ DE PULSERA.

Casualmente, Santos Dumont fue también quien dio la idea de que se fabricara el primer reloj de pulsera de la historia. Cuando Santos Dumont participó en la carrera alrededor de la Torre Eiffel con su Número 6, acudió a recibir el veredicto del jurado en una cena oficial que se celebraba en el exclusivo restaurante Maxim´s. Entre el público, lleno de famosos, estaba Louis Cartier, famoso joyero. Cartier invitó al aviador a su mesa y entre ellos se desarrolló la siguiente conversación:

—¿Por qué está tan sorprendido de su victoria? —preguntó Cartier.

—Pues… porque hasta hace unos minutos no he descubierto que había ganado la carrera.

—¿No lo sabía? — Inquirió el francés, incrédulo— ¿Cómo es posible? ¡Si usted fue el protagonista! ¿Acaso no llevaba usted un reloj que le indicara el tiempo que había hecho?

—Sí —respondió el aviador, sacando un fino reloj de bolsillo— pero no pude consultarlo durante todo el viaje porque el manejo del dirigible no permite quitar las manos de los controles ni un solo instante.

A Louis Cartier se le ocurrió entonces una gran idea.

—No se preocupe usted. Yo le resolveré el problema para su próximo vuelo.

Al poco tiempo, se presentó ante Dumont para obsequiarle un pequeño reloj cuadrado y plano, de oro, que se sujetaba a la muñeca mediante una elegante correa de cuero y una hebilla.

Hoy en día, el reloj Cartier Santos continúa fabricándose con la misma tecnología y la misma calidad que Cartier empleó para obsequiar al primer aviador de la historia el primer reloj de pulsera de la historia.